Por fin retomo
este blog literario, como no podía ser de otra manera. Tras unos meses de
bloqueo lector/investigador -he leído, sí, pero nada relacionado con mi
investigación, es lo que tienen las investigaciones, contienen bloqueos y
callejones donde la salida no se aprecia hasta que no te pierdes-, he vuelto a
encontrar nuevas vías de investigación y recargado pilas para retomar mi fiel y
amante camino.
¿Cómo y por qué
he retomado? Leyendo la Cosmogonía de Hesíodo, algo que no tiene nada
que ver, y sí, con mi investigación literaria. Es una obra que ya había leído
con prisa y mal, dado que estaba pésima traducida y hasta que no encontré -con
encontré me refiero a regalaron- la edición crítica de la editorial Gredos, no
me centré en lo verdaderamente importante, en el texto y lo que este me quiere
decir. Un buen libro reúne una serie de características, ya lo explicaba
Cervantes en su Quijote, verosimilitud, buen decoro poético, fórmula
estilística, etc., sin estos condimentos el lector no puede aprender ni
centrarse en la lectura, entra en una espiral de locura adivinatoria o
sinsentido. Una vez estuvo el libro en mis manos y comencé a leerlo por segunda
vez, prólogo incluido con mis amadas anotaciones a pie de página, pude
centrarme en una cosa realmente importante de esta obra, el uso de los epítetos/adjetivos,
y me detuve imperiosamente en algunos: tenebroso, oscuro, lúgubre.
¿Por qué estos y
no otros? Porque despertaron en mí un afán etimológico semántico del uso de los
mismos. Aún no he acabado de releerlo, esto me va a llevar más tiempo del que
esperaba, puesto que me estoy deteniendo en mil sutilezas más, cosas que tiene ser
una lectora como yo: lenta, analítica y que desmenuza cada palabra, cada coma,
cada punto, cada cosa. Estos epítetos ahora contienen un solo sentido semántico
y, sin embargo, en tiempos de Hesíodo, contenían dos realidades deícticas ¿cómo
hemos perdido esas entidades semánticas y por qué?
Teniendo en
cuenta que el español tiene los verbos ser y estar, dos fórmulas latinas que se
han fundido en una en el resto de las lenguas romances, no nos debería
sorprender las pérdidas de estos sentidos semánticos en verbos, adjetivos, sustantivos,
metáforas…Lo realmente importante, al menos eso creo, es que cuando leamos
estos clásicos no debemos perder de vista estas pérdidas, para poder identificarnos
y apreciar en su totalidad el sentido y enseñanza de la obra. Existe una
conferencia de Rafael Álvarez “el Brujo” interpretar la lengua, os la
recomiendo como guía de lectura de cualquier clásico, a mí me ha ayudado
muchísimo (os dejo el enlace)[i].
Todo esto me
llevó a preguntarme ¿cuántas enseñanzas me he perdido en mis lecturas con los
libros y las personas? Ludwig Wittgenstein decía que no tenemos problemas
filosóficos, sino lingüísticos, y le doy completamente la razón -puede que por
ello nació la expresión aquella de que me responsabilizo de lo que digo, no de
lo que interpretes-, él mismo propuso un diccionario donde la semántica se
agrupara por el sentido del uso de la palabra, aunque esto no resultara del
todo preciso, puesto que dicho diccionario sería infinito, ya que habría que
registrar cada sentido de cada signo.
Esto no es una
pipa, y el artista no te miente, eso no es una pipa ¿qué puede ser? Pues la
respuesta es obvia, es la representación gráfica de lo que conocemos
-conocimiento ontológico- de una pipa, pero no lo es ¿o puedes fumar con ese
dibujo que representa a la pipa? Pues tengamos en cuenta que cada idioma,
lengua, contiene metáforas, sentidos lingüísticos, metonimias, y demás
alteraciones del signo. Por tanto, cuando leamos, nos comuniquemos, procuremos
no olvidar este axioma: no pensemos que la otra persona tiene problemas
filosóficos expresivos, sino que tenemos poca precisión lingüística al
expresarnos o al intentar comprender, por lo que realicemos el esfuerzo de
analizar y formular patrones de usos lingüísticos del comunicado que se nos
presenta.
Hasta otra, querido
lector desocupado.
