“Cuando al ofertorio estábamos, ninguna blanca en la concha
caía, que no era de él registrada: el un ojo tenía en la gente y el otro en mis
manos. Bailábanle los ojos en el casco como si fueran de azogue. Cuantas
blancas ofrecían tenía por cuenta, y, acabado el ofrecer, luego me quitaba la
concha y la ponía sobre el altar.”
Si tuviéramos que dibujar esta escena, encajaría
perfectamente en un tebeo. ¿Por qué digo esto? Pues porque un tebeo es un fiel
reflejo de una realidad mirada con un cristal de aumento, casi rozando al
género del absurdo. El absurdo tiene la magnífica capacidad de hacernos reír de
nosotros mismos, de nuestras penas, de nuestros miedos, de nuestros defectos;
en este caso, no obstante, la burla va dirigida a un pecado capital que se
desdibuja como si de Ubu rey[i]
se tratara. No nos debe resultar tan sorprendente ni novedoso, ya en la comedia
griega se mostraban los valores morales con este recurso, no hay más que leer Las nubes[ii]
de Aristófanes, donde el pobre Sócrates siempre andaba columpiándose en una
nube -simbología de que siempre andaba pensando en cosas no productivas-, pues
nuestro clérigo estaba más preocupado de que nada fuera a parar a unas manos
que no fueran las suyas que hasta su vista se tornaba a bizca.
“No era yo señor de asirle una blanca todo el tiempo que con él viví, o, por mejor decir, morí.
De la taberna nunca le traje una blanca de vino; mas aquel poco que de la
ofrenda había metido en su arcaz compasaba de tal forma que le duraba toda la semana”
Véase el juego de palabras paradigmático entre vivir, morir
y semana. Vive porque sus funciones vitales así lo indican, pero ¿morir, a qué
se debe, una muerte espiritual? Recordemos que una semana tiene siete días, el
número de Dios, el tiempo que tarda el creador en crear -valga la redundancia-
el mundo, la perfección del ¿perfecto pecado que nos conduce a la muerte?
“Y porque dije de mortuorios,
Dios me perdone, que jamás fui enemigo de la naturaleza humana sino entonces. Y
esto era porque comíamos bien y me hartaban. Deseaba y aun rogaba a Dios que
cada día matase el suyo. Y cuando dábamos sacramento a los enfermos,
especialmente la extremaunción, como manda el clérigo rezar a los que están
allí, yo cierto no era el postrero de la oración, y con todo mi corazón y buena
voluntad rogaba al Señor, no que le echase a la parte que más servido fuese,
como se suele decir, mas que le llevase de aqueste mundo.”
Si leemos las anotaciones de
Aldo Ruffinato en Las dos caras del
Lazarillo, leeremos que era costumbre ofrecer comida en los entierros obligatoriamente
al clérigo y sus ayudantes, por lo que no nos debe extrañar que Lázaro deseara
que muriese gente para no morir él de hambre, instinto de supervivencia.
Además, según los preceptos cristianos, el ser humano debe atender al instinto
de supervivencia, por lo que, si Lázaro desea la muerte de otros para “no
finarse” de hambre, atiende a uno de los preceptos básicos de la palabra de
Dios. No, él no mata -recordemos los mandamientos-, pero sí ruega a Dios que
lleve a algunos consigo para él poder vivir, ya que, gracias a sus muertes, él
podrá sobrevivir.
“cuando alguno de éstos
escapaba, ¡Dios me lo perdone!, que
mil veces le daba al diablo; y el que
se moría, otras tantas bendiciones llevaba de mí dichas. Porque en todo el
tiempo que allí estuve, que serían casi seis meses, solas veinte personas
fallecieron, y éstas bien creo que las maté yo, o, por mejor decir, murieron a mi recuesta; porque, viendo el Señor mi rabiosa y
continua muerte, pienso que holgaba
de matarlos por darme a mí vida. Mas de lo que al presente padecía, remedio
no hallaba; que, si el día que enterrábamos yo vivía, los días que no había
muerto, por quedar bien vezado de la hartura, tornando a mi cotidiana hambre,
más lo sentía. De manera que en nada hallaba descanso, salvo en la muerte, que
yo también para mí, como para los otros deseaba algunas veces; mas no la veía,
aunque estaba siempre en mí.”
Aquí notamos el sentimiento de
culpa de Lázaro, algo muy cristiano, pero véase que también aparece el diablo:
Lázaro se ve avocado a desear algo por verse con un diablo. No obstante, Lázaro
con el viejo había aprendido oraciones para salvar el alma del muerto, amén de
que Lázaro interpretaba las muertes como una señal divina para él no morir,
ergo, la oración de supervivencia le salvaba. Paradójico que vida y muerte sean
un círculo constante en la vida de Lázaro: la muerte de otros daba vida a
Lázaro, aquel que resucitó Jesús. La antítesis en este párrafo es constante,
como una lucha interna de nuestro amado personaje.
Hasta otra, querido
lector desocupado.