Cuando nos encontramos ante la lectura de cualquier libro,
nunca debemos olvidar que nuestro estado anímico va a influir en cómo lo vamos
a interpretar, del mismo modo que nuestro contexto, conocimientos sobre su
autor, léxico, etcétera. Un buen ejemplo de ello es cuando leí por primera vez Cinco horas con Mario de Miguel Delibes.
Era una joven de unos 18 años cuando Cinco horas con Mario me encontró -siempre he creído que tú no
encuentras el libro, él te encuentra a ti-, lo leí y simplemente Mario me cayó
bien. Un hombre de ideas liberales, representando a la nueva España
democrática. Merche, sin embargo, me recordaba mucho a mi madre: siempre
pensando en el que dirán, represiva, machista. Los hijos son seres por formar, aunque
se ve claramente que están más del bando del padre que de la madre. Un monólogo
interior absolutamente delicioso, donde Delibes te invita a conocer a Merche,
la relación que esta tiene con su marido, con el mundo. ¿Quién no se hubiera
puesto del lado de Mario cuando está en plena adolescencia, con ansias de
igualdad, democracia y libertad?
No obstante, tras separarme, con un terremoto emocional
brutal, Cinco horas con Mario regresó
a mí. Mario ya no me parecía un tipo tan brillante y perfecto, que tenía que
soportar a una mujer represiva e hipócrita. Sí, me seguía gustando su ideal
democrático, libertario, libre pensador, pero no un buen marido. Como
ideología, Mario, es el progreso. A Merche la comencé a ver con ternura, con
cariño, y lo mejor de todo, me vi reflejada en ella: una mujer incomprendida
que lo dio todo por su matrimonio. No es que mi exmarido fuera malo, ni mucho
menos, simplemente que parte de la educación que recibió Merche la recibió mi
madre y esta me la trasladó. Empecé a comprender a Merche, a empatizar con
ella, a sentirme como ella ¿por qué tenía que repudiar a una mujer que fue
víctima de su educación? Por fin lo comenzaba a ver todo claro. La lucha no es
entre hombres y mujeres, no es entre progresar o recato, no. La igualdad, la
verdadera igualdad es saber escuchar, educarnos en igualdad, sentirnos en
igualdad: para lograrlo, no es necesario pisar a nadie, simplemente educar en
una verdadera igualdad.
Con Merche aprendí valores, valores morales, no desprestigiar
a nadie y amar por encima de todas las cosas. Con Mario aprendí a valorar mi
libertad, el cambio lento y dulce de la democracia, el conocimiento. Ni los
buenos son tan buenos, ni los malos son tan malos. Un libro llega a ti una o
mil veces, nunca se sabe qué vas a leer en ese libro en las diferentes etapas
de tu vida, ni cómo lo vas a vivir. Por ello os invito a leer los libros más de
una vez, te guste este o no, nunca se sabe cuando lo vas a amar o a odiar,
aprender, ver…
Otra cosa que está muy clara es que el libro es dueño de su
contexto, tu contexto y el contexto del autor, por ello jamás debemos olvidar estos
puntos: lo que el autor pretende a la hora de escribir la obra, lo que el autor
logra en su tiempo, el mensaje que el llega al lector actual, cómo le llega, su
sentir … y puede que no todo sea la misma cosa. Como dice Plinio el viejo: “No existe libro malo que algo bueno no se
hallara en él, que los gustos no son todos uno, y que en leerlos nada se pierde
en ello, que al más avispado algo le enseña, y al que no los entretiene”. Leamos
con el corazón, escribamos con pensamientos eternos.
Gracias de nuevo, lector desocupado.