La picaresca como muestra de inteligencia y supervivencia


       Cocinando patatas a lo pobre -comida inspirada en los tiempos de guerra y, dadas las circunstancias, me asaltó Lázaro de Tormes y Carpanta a mi cabeza-, empecé a reflexionar sobre la picaresca en España, como modus vivendi.
 
       Desde la corrupción en la antigua Roma, la literatura ha registrado la idiosincrasia de la picaresca. No en vano, existen diferentes figuras, personajes, patrones… del comportamiento picaresco. Desde el Asno de oro de Apuleyo, pasando por El cantar del mío Cid, El libro del buen amor, La Celestina, Lázaro de Tormes, Rinconete y Cortadillo, El buscón, La pícara Justina…Nuestra literatura está plagada de figuras picarescas, si existen dichos personajes picarescos en la literatura es que también se dan en la sociedad. Nuestro cine es picaresco, solo que ya lo tenemos tan interiorizado que no nos damos cuenta. Tenemos figuras conocidas en nuestra sociedad que aplican la picaresca por cada poro de su piel ¿o ya hemos olvidado los españoles las figuras de Jesús Gil o Torrente?

       Sin embargo, no toda picaresca es mala. España es un país de pícaros, tanto para lo malo, como para lo bueno. Queda demostrado que, en tiempos de hambre, el ingenio español brilla como un lucero en el firmamento.  Somos vagos, por ello inventamos cosas simples que faciliten nuestra vida. Somos táctiles, por ello buscaremos todos los medios posibles para poder volver a salir a la calle y tocarnos, seguir yendo de bares, de conciertos, de besos, de cantos, de alegrías y pronto nos veremos en “la cumbre de toda buena fortuna”, como nuestro Lazarillo. De ser un país desastroso en medio de una pandemia, a ser elogiados por la OMS, creo que esto está directamente ligado a nuestra picaresca. Españoles que despliegan su ingenio creando de la nada sistemas para defenderse de ese enemigo invisible, médicos que visten armaduras como el Quijote de la Mancha, enfermeras que no son Dulcinea, policías del amor, bomberos de la pasión…todos andamos en una alerta de estado y, como diría Quevedo:

Miré los muros de la patria mía,

si un tiempo fuertes ya desmoronados

de la carrera de la edad cansados

por quien caduca ya su valentía.



Salime al campo: vi que el sol bebía

los arroyos del yelo desatados,

y del monte quejosos los ganados

que con sombras hurtó su luz al día.



Entré en mi casa: vi que amancillada

de anciana habitación era despojos,

mi báculo más corvo y menos fuerte.



Vencida de la edad sentí mi espada,

y no hallé cosa en que poner los ojos

que no fuese recuerdo de la muerte.


       Claro, existe una pequeña diferencia, Quevedo tenía de monarca a Felipe II, un tipo que no me cae del todo bien, he de confesar. No obstante, tampoco es que ande muy satisfecha con los monarcas actuales, estén o no en palacio, tampoco es que la otra opción sea de mi completo agrado. ¿Dónde estará Pepe Botella y sus cantos? ¿Dónde escondí mi guillotina? No, no quiero convertir esto en una oda política, aunque también ande muy unida a la picaresca.

       Somos corruptos, pícaros, todos y cada uno de los españoles y, a pesar de ello, somos capaces de ser la bandera pirata de Espronceda, luchando contra un enemigo invisible. Escribimos crónicas como Bécquer y su hermano Mariano, dejando el vestigio de lo acontecido, dado que ya nada volverá a ser como antes: la globalización nos está alcanzando. ¿Qué sería de España sin su picaresca? Que no existiría un chupachups, una fregona, la jeringuilla desechable, submarino, calculadoras, teleférico, traje de astronauta… ¿Nos extraña? A mí no, hemos sido invadidos hasta la saciedad, por lo que hemos tenido que agudizar nuestra picaresca hasta límites irreales -manías que hemos contagiado a nuestros hermanos latinos, las cosas como son, el responsable es Roma, a mí no me miren-. 

       Quiero acabar esta entrada dando las gracias a todos los pícaros anónimos, a los cuales hemos de dar las gracias. Ánimo, todos llevamos un pícaro dentro, con sus fortunas y adversidades, buscando medrar para poder acabar nuestra historia en la cumbre de toda buena fortuna.



 Hasta otra, querido lector desocupado