He vuelto a despertar un día más, con la cabeza dándome
vueltas y aturdida. ¿Dónde dejé mis gafas para poder ver el mundo sin
distorsión? A saber, nunca las dejo en
el mismo sitio, debería operarme la vista ¿o no? Total, las gafas impriman
carácter. ¿Hoy será como ayer o será un día nuevo? Echo de menos cosas. No
pienses en ello, no, no seas Alicia entrando en la madriguera.
Quiero tomarme un
café y no puedo porque no tengo ni café ni cafetera, tendré que ir a una
cafetería. Me llevaré un libro, pero ¿otra vez ser el blanco de todas las
miradas por beber toneladas de café mientras leo? Ains, qué poca costumbre
tiene la gente de hacer vida en la calle. Claro, que también podría conocer a
alguien así, leyendo en una cafetería, si no llevara la música puesta y dejara
de esconderme en la cafetería ¿o no? Ainss, chica, mira, a saber, el mundo está
loco y yo no soy menos parte de esa locura.
Me ducho, me
disfrazo de mujer y salgo a la calle con mi libro. Busco una cafetería
tranquila con algo de gente, preparo la oficina y me dispongo a sumergirme en
las letras del libro. Miro pasar a la gente, casi todos extranjeros, guiris
para los amigos. Pasan las horas, me siento feliz y con demasiada cafeína,
necesito caminar. Camino al ritmo de la música que suena en mis cascos, me
relajo y quiero volver a casa, como un chucho tras su paseo diario. Llego a
casa y me preparo para un día nuevo.
Lector, no hay libro,
se hace la lectura al ir leyendo.