Cómo Lázaro se asentó con un clérigo, y de las cosas que con él pasó III







     “Pensé muchas veces irme de aquel mezquino amo; mas por dos cosas lo dejaba: la primera, por no me atrever a mis piernas, por temer de la flaqueza que de pura hambre me venía; y la otra, consideraba y decía: «Yo he tenido dos amos: el primero traíame muerto de hambre y, dejándole, topé con este otro, que me tiene ya con ella en la sepultura; pues si de éste desisto y doy en otro más bajo, ¿qué será, sino fenecer?». Con esto no me osaba menear, porque tenía por fe que todos los grados había de hallar más ruines. Y a abajar otro punto, no sonara Lázaro ni se oyera en el mundo.”

Mezquino amo, los adjetivos al leer marcan el recorrido, nos ilustran el pensamiento de su autor, su visión del mundo, su competencia ontológica. No obstante, es bastante curioso que Marco Tulio Cicerón dijera: “La libertad no consiste en tener un buen amo, sino en no tenerlo”. Lázaro ha tenido dos amos que casi le hacen fenecer (morir) de hambre, ambos ligados a la institución de la iglesia, por lo que me lleva a preguntarme: la iglesia nos debería liberar el alma, sin embargo, les hace pasar hambre, ergo ¿no sería mejor no tener iglesia que nos reprima? Es una reflexión que creo que el autor nos lanza, porque, a mi modo de ver, lo único que nos hará libre será la palabra de Dios -bueno, eso creo que nos dice su autor-. 


     “Pues estando en tal aflicción, cual plega al Señor librar de ella a todo fiel cristiano, y sin saber darme consejo, viéndome ir de mal en peor, un día que el cuitado, ruin y lacerado de mi amo había ido fuera del lugar, llegóse acaso a mi puerta un calderero, el cual yo creo que fue ángel enviado a mí por la mano de Dios en aquel hábito.”


     Lo estaba pasando tan mal, que necesitaba rezar al Señor, puesto que a ningún fiel cristiano deja sin respuesta, y como el clérigo hambre de fe le hacía pasar, a un cerrajero (calderero) puso en su camino para poder abrir el arca del pan (cuerpo de Cristo), dicho de otro modo, Dios escuchó las plegarias de Lázaro para no tener que desear de nuevo la muerte de nadie para poder comer.


     “Comenzó a probar el angélico calderero una y otra de un gran sartal que de ellas traía, y yo ayudalle con mis flacas oraciones. Cuando no me cato, veo en figura de panes, como dicen, la cara de Dios dentro del arcaz” 


     Nótese el adjetivo para el calderero, ángelico, bueno y Lázaro rezando por este para poder ver la cara de Dios en ese arca.

“Yo no tengo dineros que daros por la llave; mas tomad de ahí el pago.

Él tomó un bodigo de aquéllos, el que mejor le pareció, y, dándome mi llave, se fue muy contento, dejándome más a mí.”


Se abrió el arca de la alianza[i], y tanto Lázaro como el calderero tuvieron la recompensa del bodigo, la cara de Dios. Curiosa arca, donde se guardan los diez mandamientos.

“Y otro día, en saliendo de casa, abro mi paraíso panal y tomo entre las manos y dientes un bodigo y en dos credos le hice invisible, no olvidándoseme el arca abierta. Y comienzo a barrer la casa con mucha alegría, pareciéndome con aquel remedio remediar dende en adelante la triste vida. Y así estuve con ello aquel día y otro gozoso; mas no estaba en mi dicha que me durase mucho aquel descanso, porque luego, al tercero día, me vino la terciana derecha. Y fue que veo a deshora al que me mataba de hambre sobre nuestro arcaz, volviendo y revolviendo, contando y tornando a contar los panes. Yo disimulaba, y en mi secreta oración y devociones y plegarias decía: «¡San Juan[ii] y ciégale!»”


Lázaro abre su propio paraíso, de donde toma el cuerpo de Cristo (pan) y en un santiamén (dos credos, oraciones: credo y el padre nuestro), dicho de otro modo, Lázaro, además de indicar la rapidez con la que devoraba el cuerpo de Cristo, indica lo que rezaba (credo, creer en la Santa Trinidad, y el padre nuestro, doble credo), para poder recibir puro el cuerpo de Cristo. De esta forma, limpiaba la casa (barría), barrer puede significar la separación de los justos por los impíos, de ahí su felicidad. Mientras tanto, el clérigo demuestra con cada acto su avaricia, contando y contando como si de un judío se tratara, que puede que se ridiculice por lo mismo en este tratado. Al tercer día, siempre es al tercer día, como cuando Jesucristo resucita al Lázaro muerto ¿coincidencia? Me temo que no. Aclamar a San Juan, apóstol que prepara la última cena junto a San Pedro, no creo que fuera al azar, dado que prepara la última cena -como así se ve Lázaro-, y posible creador del evangelio -se creía anónimo, como el propio Lazarillo-. 


“Después que estuvo un gran rato echando la cuenta, por días y dedos contando, dijo:

-Si no tuviera a tan buen recaudo esta arca, yo dijera que me habían tomado de ella panes; pero de hoy más, sólo por cerrar la puerta a la sospecha, quiero tener buena cuenta con ellos: nueve[iii] quedan y un pedazo.

«¡Nuevas malas te dé Dios!» -dije yo entre mí.”


Los números en Lázaro, una constante importante, y cada número tiene una simbología, no lo olvidemos nunca -lo sé, soy pesada con esto, pero es que es importante y hasta a mí a veces se me escapan-: nueve representa la finalidad, ya que nueve es el resultado de tres por tres, símbolo de la perfección Divina ¿o acaso no es lo que se guarda con tanto empeño en el arca? Otro detalle a tener en cuenta ¿no es un poco lo que intenta hacer la Santa Inquisición al prohibir traducciones de Biblias, palabras sagradas o libros donde se habla e interpreta la palabra de Dios? ¿Para qué controlar que el cuerpo o verbo de Dios se libere? Creo que todo este relato es un sapere aude de la cristiandad entendida con ojo humanista y erasmista. 


Os dejo esta reflexión por hoy, querido lector desocupado.