Todo autor deja su propia huella en sus personajes



     Antes de comenzar a leer esta entrada te recomiendo que leas mi entrada de la importancia del contexto, ya que sin esta no comprenderás porqué digo lo que digo en esta. De todas formas, te adelanto, querido lector desocupado que las buenas editoriales siempre contienen un prólogo hablando del contexto histórico y biografía de su autor. Y ya sé que Michel Foucault opinaba que para leer y entender un libro no es necesario conocer a su autor, algo muy habitual en el mundo de la filosofía, ya que se centran en el campo de las ideas; en cierta manera es cierto, si simplemente quieres aprender y conocer lo que el autor te quería expresar con la obra. No obstante, cuando realizamos una lectura anacrónica muchas de las cosas que leemos las sacamos de contexto, las dejamos desnudas del alma que esta posee, aunque sean producto de la imaginación del autor. Sin embargo, cuando alguien escribe es porque algo le motiva: ganar dinero, fama, enseñar, educar… la cosa es que considera que lo que escribe tiene su impronta, su prestancia, por lo que dejará reflejada su competencia literaria, ontológica, antropológica, episteme que diría el propio Foulcault -por esto se considera que no es necesario conocer al autor, porque la huella ya la deja en el libro-, esto hace que el autor no hable de cosas que no considera relevantes, o que desconoce o similares: no podemos hablar de aquello que desconocemos.

     Tras leer a Patrick Sünskin en El perfume, El contrabajo y La paloma me di cuenta de que sus protagonistas se parecen, aparentemente, a su propio autor: alguien relativamente anónimo, tímido, poco dado a hacerse notar. Los tres personajes están torturados por una infancia traumática, donde la impronta de sus padres les hace buscar de forma obsesiva una seguridad en donde no son felices y andan realmente incómodos. Poco o nada conocemos de este gran autor, el cual recomiendo encarecidamente leer, puesto que refleja a la perfección la contaminación psicológica que nos han legado nuestros progenitores y vamos dejando a las nuevas generaciones. Leyéndolo me percato que sus personajes podríamos ser cualquiera de nosotros, salpimentado con magistral elocuencia trazos históricos, su amor y pasión por Francia, y finales abiertos por acabar. Monólogos interiores que me recuerdan a Cinco horas con Mario de Miguel Delibes, sin reflejar a una España dividida, en vez de un país, un alma quebrada en busca de ese olor que le libere y, así por fin, poder sentirse amado por alguien: la pureza. 

     ¿Por qué comento todo esto? Pues que conocemos vida y obra de muchos autores por sus personajes, sin ir más lejos al propio Cervantes. ¿De qué sirve? Querido lector desocupado, es complicado sentir empatía por tu mejor amigo si no lo conoces, no sabes nada de él y aprender a amarlo. Cierto es que resulta irrelevantes datos inconexos como puede ser el nombre, el apellido, etc.; del mismo modo, conocer qué nutre al autor, cuál es su leitmotiv, tanto es así que ha nacido una ciencia llamada lingüística forense para poder resolver asuntos cotidianos: reconocer a un terrorista, descubrir asesinos, fraudes, casos de secuestro… y todo con la huella dactilar que deja nuestro lenguaje. 

     Nacemos desnudos y la vida nos va vistiendo de palabras, conocimientos, experiencias, relatos, melodías, colores… con los cuales nos vamos construyendo una personalidad, una historia y vamos vistiendo a otros personajes de este nuestro libro llamado vida. Siempre he considerado que conocer a una persona es como leer un buen libro, un arte de seducción donde la química requiere de presentación e imagen. Pues bien, esa imagen es este revestimiento de la vida del autor de este libro que se nos presenta, por lo que me resulta vago leer sin intimar con el creador de mi mejor amigo. Ahora te pregunto a ti, querido lector ¿quieres hacerte amigo íntimo de tu libro o simplemente quieres que sea un perfecto conocido que pasa sin pena ni gloria por tu vida?

Hasta otra, querido lector desocupado