“Pensé muchas veces irme de aquel mezquino amo; mas por
dos cosas lo dejaba: la primera, por no me atrever a mis piernas, por temer de
la flaqueza que de pura hambre me
venía; y la otra, consideraba y decía: «Yo
he tenido dos amos: el primero traíame muerto de hambre y, dejándole, topé
con este otro, que me tiene ya con ella en la sepultura; pues si de éste
desisto y doy en otro más bajo, ¿qué será, sino fenecer?». Con esto no me osaba menear, porque tenía por fe que todos los grados había de hallar
más ruines. Y a abajar otro punto,
no sonara Lázaro ni se oyera en el mundo.”
Mezquino amo, los adjetivos al leer marcan el recorrido, nos
ilustran el pensamiento de su autor, su visión del mundo, su competencia
ontológica. No obstante, es bastante curioso que Marco Tulio Cicerón dijera: “La
libertad no consiste en tener un buen amo, sino en no tenerlo”. Lázaro ha
tenido dos amos que casi le hacen fenecer (morir) de hambre, ambos ligados a la
institución de la iglesia, por lo que me lleva a preguntarme: la iglesia nos
debería liberar el alma, sin embargo, les hace pasar hambre, ergo ¿no sería
mejor no tener iglesia que nos reprima? Es una reflexión que creo que el autor
nos lanza, porque, a mi modo de ver, lo único que nos hará libre será la
palabra de Dios -bueno, eso creo que nos dice su autor-.
“Pues estando en tal aflicción, cual plega al Señor librar de ella a todo fiel cristiano, y sin saber darme consejo, viéndome ir de mal en peor, un día que
el cuitado, ruin y lacerado de mi amo había ido fuera del lugar, llegóse acaso
a mi puerta un calderero, el cual yo creo que fue ángel enviado a mí por la mano de Dios en aquel hábito.”
Lo estaba pasando tan mal, que necesitaba rezar al Señor,
puesto que a ningún fiel cristiano deja sin respuesta, y como el clérigo hambre
de fe le hacía pasar, a un cerrajero (calderero) puso en su camino para poder
abrir el arca del pan (cuerpo de Cristo), dicho de otro modo, Dios escuchó las
plegarias de Lázaro para no tener que desear de nuevo la muerte de nadie para
poder comer.
“Comenzó a probar el angélico
calderero una y otra de un gran sartal que de ellas traía, y yo ayudalle con mis flacas oraciones. Cuando no me
cato, veo en figura de panes, como dicen, la
cara de Dios dentro del arcaz”
Nótese el adjetivo para el calderero, ángelico, bueno y
Lázaro rezando por este para poder ver la cara de Dios en ese arca.
“Yo no tengo dineros que daros
por la llave; mas tomad de ahí el pago.
Él tomó un
bodigo de aquéllos, el que mejor le pareció, y, dándome mi llave, se fue muy
contento, dejándome más a mí.”
Se abrió el arca de la alianza[i],
y tanto Lázaro como el calderero tuvieron la recompensa del bodigo, la cara de
Dios. Curiosa arca, donde se guardan los diez mandamientos.
“Y otro día, en saliendo de
casa, abro mi paraíso panal y tomo
entre las manos y dientes un bodigo y en dos
credos le hice invisible, no olvidándoseme el arca abierta. Y comienzo a barrer la casa con mucha alegría,
pareciéndome con aquel remedio remediar dende en adelante la triste vida. Y así estuve con ello aquel día y otro gozoso; mas
no estaba en mi dicha que me durase mucho aquel descanso, porque luego, al tercero día, me vino la terciana derecha. Y fue que veo a deshora al que me mataba de hambre
sobre nuestro arcaz, volviendo y revolviendo, contando y tornando a contar los
panes. Yo disimulaba, y en mi secreta oración y devociones y plegarias decía:
«¡San Juan[ii]
y ciégale!»”
Lázaro abre su propio paraíso,
de donde toma el cuerpo de Cristo (pan) y en un santiamén (dos credos,
oraciones: credo y el padre nuestro), dicho de otro modo, Lázaro, además de
indicar la rapidez con la que devoraba el cuerpo de Cristo, indica lo que
rezaba (credo, creer en la Santa Trinidad, y el padre nuestro, doble credo),
para poder recibir puro el cuerpo de Cristo. De esta forma, limpiaba la casa
(barría), barrer puede significar la separación de los justos por los impíos,
de ahí su felicidad. Mientras tanto, el clérigo demuestra con cada acto su
avaricia, contando y contando como si de un judío se tratara, que puede que se
ridiculice por lo mismo en este tratado. Al tercer día, siempre es al tercer
día, como cuando Jesucristo resucita al Lázaro muerto ¿coincidencia? Me temo
que no. Aclamar a San Juan, apóstol que prepara la última cena junto a San Pedro,
no creo que fuera al azar, dado que prepara la última cena -como así se ve
Lázaro-, y posible creador del evangelio -se creía anónimo, como el propio
Lazarillo-.
“Después que estuvo un gran
rato echando la cuenta, por días y dedos contando, dijo:
-Si no tuviera
a tan buen recaudo esta arca, yo
dijera que me habían tomado de ella panes; pero de hoy más, sólo por cerrar la
puerta a la sospecha, quiero tener buena cuenta con ellos: nueve[iii]
quedan y un pedazo.
«¡Nuevas malas te dé Dios!» -dije yo
entre mí.”
Los números en Lázaro, una
constante importante, y cada número tiene una simbología, no lo olvidemos nunca
-lo sé, soy pesada con esto, pero es que es importante y hasta a mí a veces se
me escapan-: nueve representa la finalidad, ya que nueve es el resultado de tres
por tres, símbolo de la perfección Divina ¿o acaso no es lo que se guarda con
tanto empeño en el arca? Otro detalle a tener en cuenta ¿no es un poco lo que
intenta hacer la Santa Inquisición al prohibir traducciones de Biblias,
palabras sagradas o libros donde se habla e interpreta la palabra de Dios?
¿Para qué controlar que el cuerpo o verbo de Dios se libere? Creo que todo este
relato es un sapere aude de la
cristiandad entendida con ojo humanista y erasmista.
Os dejo
esta reflexión por hoy, querido lector desocupado.